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Rubén Derlis poesía

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BOEDO Y OTRAS ADICCIONES

DESDE LA ESQUINA

        RETORNAR DESPUES DE mucho tiempo –digamos treinta años– a ese vértice desde el cual triangulábamos la vida con las coordenadas: muchachada-novia-proyectos, depara, como es de suponer, no pocas sorpresas; claro que éstas tendrán cierta liviandad y la ajada melancolía se resquebrajará menos si se ha permanecido dentro del perímetro barrial.

         Pero estos casos son los menos, ya que la mayoría de los que compartíamos el mismo barrio entre los años que van del cuarenta al sesenta, emigramos luego hacia otros lugares por muy diversos motivos; así que a casi todos nos caben las generales de la ley, cuando acontece el día en que llevados de la mano de la nostalgia nos enfrentamos, en un buscado encuentro, con una esquina que ya no es ni nos pertenece (si ella estuviera dotada de vida, tampoco nos reconocería), que dejó de ser nuestra esquina; el tiempo la transmutó en una esquina cualquiera aunque exteriormente muy poco haya cambiado: ahora su esquinidad es otra.

Ese enclave de convocatorias múltiples anterior a éste –que puede que lo hayan reciclado más de una vez– ya no nos aglutina en torno a cosas comunes: fue, sucumbió, me atrevería a decir que murió (arriesgándome a mostrar con esta afirmación temeraria cierto sesgo de propensión al animismo), del mismo modo que también murieron los gestos, las voces, las risas de las novias que fueron y las bromas más o menos pesadas de los que noche a noche desparramaban su fraternal bullanguería junto a la estrecha y alta vidriera del almacén.

Digo de estos gestos y actitudes que también murieron ante la imposibilidad de decir que partieron, ya que no se fueron a ninguna parte; nada de lo acontecido allí en ese preciso y en otros sucesivos momentos habita ahora en soñados arcanos metafísicos, en un cielo inventado de un barrio de entelequia, ni están proyectando sus fotogramas para delectación de añorantes, como un filme que jamás se detiene, en un Olimpo porteño y de entre casa. Esto no ocurre porque todo se diluyó una fracción de segundos después de haber sido. También nosotros morimos en ese antes, simultáneamente con él. Porque dejamos de existir en un instante para nacer en otro, vertiginosamente. Luego elaboramos los recuerdos, que no son más que una sucesión ininterrumpida de intentos vanos por recuperar antiguas muertes.

Este que murió (hace un instante) y ya está vivo (segundos después del mismo instante, pero otro) no puede más que vivir para el presente, de cara a todas las contingencias, porque respira aquí y ahora. Por eso cuando vuelve a su vieja esquina no reconoce nada: otros son los olores, otros los ruidos; hasta muchas de las palabras que oye de los transeúntes son nuevas, fonemas puestos en circulación por generaciones recientes. Ni qué hablar de la música, la vestimenta, los gustos, la estética. Frente a tanto cambio, este sujeto del presente quisiera volver a hacer suyo un momento apenas algo de aquello ya inexistente que ocurrió en esa ochava, porque se empeña en creer –se miente– que todo ese ayer fue luminoso, cuando en realidad olvida –¿o prefiere no recordar?– que también hubo sombras. ¿Por qué esa ansiedad tan recurrente, devenida a veces necesidad extrema, de revivir el pasado? Porque detrás de esa falacia se esconde la mayor de las pérdidas: la juventud. Unico fin de tanto regreso absurdo a una región inexistente, donde sabemos que nada podremos encontrar porque allí nada es, pero igual insistimos.

       Acaso la única manera de recuperar ficticiamente el entonces –digo recuperar sabiendo que me estoy expresando mal porque tampoco hay recuperación–, sea –y apenas– mirarlo de soslayo con los ojos ocultos (¿del alma?). Es decir: dejándonos morir un poco, única forma posible de entrever ese fragmento de realidad vivida en cierto ámbito –la esquina, en este ejemplo–, situándonos en el mismo plano de no-existencia que lo evocado –totalmente imposible, pero supongamos su posibilidad–, recurriendo al uso de cierta magia aún no explicada y a la que llamaremos poesía, que nos posibilite el acceso a esa otra dimensión para intentar dotar  de vida efímera (¿virtual?) a lo que ya no la posee, para animar las cenizas de ciertos fuegos. Hay que advertir que en este viaje estamos bordeando los últimos límites; traspasarlos significa ingresar al territorio de la locura. Con prudencia se puede intentar.

         No estaría de más recordarles a los que se abisman a los peligrosos bordes de la nostalgia que morir un poco es lo que en realidad hacemos cuando nos asomamos al pasado, al infinito agujero de la nada. RD

 

Boedo y otras adicciones

Ediciones de la Junta de Estudios Históricos del Barrio de Boedo - Buenos Aires, 2001.

 

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