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Rubén Derlis poesía

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GUIA PARA VAGABARRIOS

Los argonautas del asfalto 

          A VECES RESULTA más importante para nuestro espíritu y es más acorde a los inesperados vuelcos del alma cualquier adoquín de la calle Núñez o Tarija, o la pared descascarada de una casa abandonada de Barracas que en sus rasguñones de tiempo muestra sus ladrillos carcomidos, que las piedras nueve veces centenarias de Notre-Dame, o las ruinas milenarias del templo de Poseidón aunque Byron haya grabado su nombre en una de sus columnas; esto ocurre cuando nos metemos con alma y piel en el corazón vivo de la ciudad, la caminamos en todas sus nervaduras, auscultamos sus más imperceptibles vibraciones, latimos al unísono con ella, andamos “por las calles en constante exaltación lírica”, como decía Raúl González Tuñón.

Si bien es cierto que salir a descubrir la ciudad de la que somos parte no requiere de aprendizaje, tampoco es menos cierto que esta materia para doctorarse en calles –o mínimamente acceder a una licenciatura– requiere del dispuesto a graduarse un ojo interior decidido a indagar en  profundidad, más allá de los ojos exteriores que sólo miran: y, cuanto menos, una brizna de halo poético. El descubrimiento o la búsqueda redundarán en ingentes beneficios si se posee mayores dones; pero tampoco es cuestión de exagerar. Estas son las únicas llaves necesarias capaces de abrirnos puertas, ni ocultas ni secretas, sino simplemente recatadas e íntimas, para acceder a la otra Buenos Aires.

           Dedicados a este oficio lírico y contemplativo los hubo en todas las épocas y bajo muy diversas sudestadas y variados aromas: desde el rotundamente agreste con aire dulzón de pajonales húmedos, como nuestra imaginación rescata de las entrelíneas del Viaje al Río de la Plata de Ulrich Schmidl, pasando por las narraciones de viajeros europeos que del barco saltaban a un carro de altas ruedas para salvar la orilla barrosa de un puerto imaginario cuyo olor sabría a saladeros y a verdor de yuyales, o los relatos de José Antonio Wilde, hasta la pesadez grísea, contemporánea, de un aire enrarecido por mala combustión y exceso de transportes, más el ruido. Los nuevos trotacalles no renuncian a ser cronistas de vivencias, y se asumen como buceadores en los personales secretos que la ciudad guarda, tales como Enrique Mario Mayochi, Leticia Maronese, Angel Prignano, Luis Alberto Ballester, Norberto García Rozada, Hebe Clementi, Victorio Noguera Bustamante, José María Peña, Luis Cortese, Enrique Herz, Aníbal Lomba, Alfredo Noceti, Otilia Da Veiga, Arnaldo Cunietti-Ferrando o Diego del Pino, sólo por nombrar algunos entre otros tantos eméritos argonautas del asfalto.

El motivo que alienta a esta pléyade de callejeros impenitentes sólo puede definirse con la palabra fervor más el aditamento de una pizca de locura luminosa, la igual locura lúcida que guió el vagabundear de Roberto Arlt por las calles que desembocan en sus Aguafuertes porteñas; el mismo fervor –sin cuya existencia no habría poesía– de que se vale Jorge Luis Borges para amar en versos a su ciudad, y que será palabra inicial del título de unos de sus más bellos poemarios.

Se va al descubrimiento de la ciudad con la misma premura y ambición como debieron poner en su empresa los conquistadores que fueron tras Eldorado. El oro que se encuentre no será igual en valor al que despertaron la codicia de aquellos osados, pero será oro de otro tenor, cuya riqueza rebasará las alforjas del alma y colmará de contento el empeño del descubridor. Una puerta casi intacta de un caserón de Villa Urquiza o de Palermo con su mano de llamador –si logra dar con ella– será como haber hallado la entrada trasera del Paraíso; enterarse por charlas con vecinos, casi como al descuido –por carencia de bronce identificatorio, imperdonable olvido de los porteños– que en tal o cual casa supo vivir algún personaje notable, resulta también relevante para los arqueólogos del asfalto, del mismo modo que dar con la casa que habitó o los lugares que supo frecuentar algún tipo singular de la ciudad sin importar en qué categoría revistaba; ésta puede oscilar desde lo popular barrial (un compadrito, un bailarín, encumbrados en la memoria colectiva) hasta aquellos que rozaron la crápula o bordearon lo lumpen. Estos hallazgos tendrán para el rescatador de nuestra identidad el mismo valor que haber descubierto el lugar exacto donde fue enterrado Mozart o dar con los huesos de Cristóbal Colón; cualquier vestigio supérstite del cordial y lejano tranvía, o la vieja cabeza de una vaca de mampostería –y alguna persiste– que era el reclame de una carnicería, puede significar para nuestro artista creador y arqueólogo del sentimiento de la porteñidad (o al revés si se prefiere) un hallazgo tan preciado que por un momento caerá en la tentación de guardar para sí, como uno coleccionista de tiempo, cuyo catálogo enriquecería con esas raras piezas ciudadanas, tal vez únicas. Pero alejará de su mente su segundo de egoísmo y no dudará en entregar su descubrimiento en crónicas ciudadanas, al igual que aquel pionero alemán que vio sucumbir la primera Buenos Aires, o en versos con médula porteña celebrará su revelación para conocimiento y deleite de sus iguales. Y otra vez retornará a las calles que lo esperan fieles, bellas en su entrega, seguras en la dimensión del amor que le devolverán. RD

 

 

Guía para vagabarrios

Ediciones Papeles de Boedo - Buenos Aires, 2003.

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